Vivimos allí en varias etapas, solos o en pareja, incluida una larga expatriación en Pereira por motivos de trabajo. Después, como algo natural, regresamos unos años más tarde y supimos que necesitábamos estar allí, junto a nuestros tres hijos.
Las tierras de Casa Coyaima, situadas a 2.000 metros de altitud, se abren hacia la cordillera. Desde los primeros momentos, nuestra familia se sintió bien, en paz y unida. Había ocurrido algo mágico. Entonces empezamos a interesarnos por el pueblo, sus habitantes, su fascinante historia, esta tierra extraordinariamente fértil y el universo del café. El vuelo diario de los loros y los miles de aves que descubrimos allí terminaron de conquistarnos. No podíamos guardar este lugar solo para nosotros. Entonces, ¿cómo compartir un rincón tan especial?